
Apareció, entró en mi vida, de pronto, sin anuncio ni invitación.
“¡Ooooooooh soooooleeeeee míooooooooo!” cantó de pronto con su potente, vibrante, bien modulada voz de barítono.
Yo me sobresalté, fue evidente. Di la media vuelta, y encontré una mirada de frente, una sonrisa abierta, franca, de hombre bueno.
Supe luego que le llamaban “El Perro”, nadie sabía por qué.
Oscar…Oscar…Oscar…¿cómo se apellida?.
Oscar El Perro. O Señor Don Perro como le decía mi hijo.
Después de ese primer encuentro en los vestidores del club, hubo otro, y otro, muchos.
Platicábamos cada vez más.
Como Dios nos trajo al mundo. Bueno, es un decir, con el deterioro en los cuerpos, ya en el vapor, ya en los vestidores, pero también, luego, sentados a una mesa en la cafetería.
Una mesa a la que llegaban hombres de su edad, mayores de setenta años.
Uno de ellos, el maestro Pepe Villafuerte, hombre sabio, honesto, había sido compañero de Oscar desde la preparatoria, hicieron juntos la carrera.
Tertulias en las que debatíamos, bromeábamos, compartíamos, aprendíamos. No había ofensas de nadie para nadie. Respeto ante todo.
Un día, el maestro Pepe dejó de acudir a las citas. Poco después supimos que cuando le informaron los doctores que su salud había empeorado, que se deterioraría paulatinamente, dejó de comer. Ni un solo bocado, ni un trago de agua. Ordenó que no nos avisaran nada sus familiares. Les prohibió que lo llevaran al hospital.
Lo desobedecieron cuando quedó inconsciente, casi en coma.
Y con su muerte, mi querido Perro empezó a morir.
Ya no era el mismo.
Casi no cantaba. Dejó de jugar al básquet. Se ausentó de las tertulias y nos dijo alguien que estaba mal, que había recaído, pero que no quería que lo viéramos débil, demacrado.
Años atrás le habían detectado hepatitis C. Pero no parecía atacado por dicho mal. Siempre animoso, positivo, alegre.
Una mañana regañó a dos viejitos que mientras se vestían no dejaban de platicar de sus males, de los achaques, de las medicinas.
“¡Dejen de rendirle culto a la enfermedad, hablen de la vida, de lo bueno que hemos tenido, de la belleza del ser humano, que por eso, es parte del Creador!, es, somos creación divina”, les dijo.
Cuando cumplió 80 años no quiso regalos, nos regaló una carta bella por humorística, por sencilla. Y firmó con un sellito, como una huella, la de un can, y con su sobrenombre: “El Perro”.
Él y sus obsequios.
A Yoab, a quien le gustan el bel canto, la música clásica, le dio un hermoso volumen sobre Opera. En diciembre pasado, en la comida de amigos del club, a cada quien nos dio un dulce y un viejo libro.
Poco después, al salir del vapor, me percaté de que alguien estaba tirado en una banca, le ponían oxígeno. Era él. Me acerqué, tomó mi mano, me sonreía pero la mirada era triste. “Perrito, nada de que te nos vas, y luego…
¿Quién va a cantar?, le dijo otro de los que estaban ahí.
Su respuesta: “La donaaaa inmóvile, cual piuma al veeentoooo”, entonado, con una voz que le salía de ese corazón que cobraba fuerza para darnos alegría.
El fin de semana vi una película francesa “Mi mejor amigo”. Pensé que cuando viera a Oscar se la platicaría, la comentaría, como a él le gustaba, destacando las partes positivas, lo que nos debe quedar.
Y el lunes, así, de pronto, una amiga me dijo que él…que él…que…
Se fue, así como llegó a mi vida, sin avisar, sin pedir permiso.
No, ya no podré pellizcarle las mejillas, ni voltearle la gorra para decirle que es el abuelito del rap, ni jugar a que lo reto a boxear con la guardia de los peleadores de principios del siglo pasado, ni a enojarme cuando toma mi cigarro del cenicero y decirle que ahí está la cajetilla, que tome uno, dos, pero no el mío.
Perro ya podrás estar allá, en algún lugar del infinito sobresaltando a quienes, a sus espaldas les sueltes tu vozarrón, tu “¡Ooooooo sóoooole miiiooooooo!”.
Viernes.
Hoy comparto con ustedes este recuerdo.
No, no hay tristeza, el descansa y seguro que en paz.
¿Quieren contar de quien ha sido su mejor amigo, amiga?.
Alguien me platicó alguna vez que el peor apodo que ha escuchado fue el aplicado a un tipo al que le decían “El sin amigos”.
Sí, difícil tenerlos, conservarlos.
Hay quienes no es que no quieran, no pueden.
¿Ustedes qué piden, qué ofrecen por y para una amistad?.
Recordemos pues, compartamos.
Gracias.
Dice el:
Soy caminante de nuestros caminos, los de ustedes, los míos. Y de ello hablamos, porque somos DE CONFIANZA usted o… tu… o tu y yo. Nosotros. En la producción de EL UNIVERSAL Televisión, en este portal, de lunes a viernes a las 19.30 horas, y como una nueva experiencia en nuestro país, al mismo tiempo, con el blog que te necesita, que quiere saber lo que piensan, lo que dicen, lo que opinan tu, tu, ustedes, nosotros. ¿Listos? ¡A encontrarnos!

No hay comentarios:
Publicar un comentario